El Toque Crítico
Por: Khalid Osorio
La marcha convocada por la llamada Generación Z tenía motivos de sobra para llenar las calles del país. Sus demandas son legítimas, urgentes y profundamente contemporáneas: la aprobación de la jornada laboral de 40 horas, el incremento al aguinaldo y el derecho real —no aspiracional— a una vivienda digna. Esta problemática se agudiza cuando se presentan salarios bajos, mientras que los precios de las casas y departamentos suben a un ritmo acelerado, normalizando que la independización de los jóvenes sea salir de la casa de sus papás para vivir con un grupo de amigos o conocidos que les ayude a cubrir la renta.
Lamentablemente, la genuinidad duró poco. En cuanto el movimiento comenzó a tomar forma, aparecieron los oportunistas de siempre. Integrantes de colectivos que ya han utilizado causas sociales para fines partidistas —como la llamada “marea rosa”— comenzaron a sumarse con una voracidad política difícil de disimular. También se incorporaron militantes visibles de partidos que no han hecho absolutamente nada por impulsar las reformas que los jóvenes exigen. Quedó claro que algunos vieron una ventana perfecta para reposicionarse políticamente bajo la sombra de una causa juvenil.
Querétaro no fue la excepción, aunque su caso es peculiar. En su conferencia semanal, el dirigente estatal del PAN, Martín Arango, fue cuestionado respecto a la necesidad de politizar y partidizar la marcha. Su respuesta fue que tiene derecho a hacerlo. Y sí, lo tiene. Pero también es cierto que no le faltan tribunas: su conferencia de todos los lunes, los medios que lo entrevistan con preguntas a modo, el Congreso estatal —a través de sus diputados—, y los múltiples eventos partidistas que se multiplican con el calendario electoral. Entonces, ¿por qué necesitaba colgarse de una marcha juvenil? La respuesta es evidente: la protesta se convirtió en un instrumento para posicionarse, no en un espacio para escuchar.
La historia no es nueva. La oposición ha tomado las calles como plataforma desde hace años. Ahí están las marchas para “defender al INE”, que aseguraban evitar su desaparición, a pesar de que nunca estuvo en riesgo. De esas movilizaciones surgió la alianza que postuló a Xóchitl Gálvez, una candidatura que terminó por desfondar a dos partidos y desaparecer a un tercero. La “marea rosa” pasó de movimiento ciudadano a vehículo electoral en cuestión de semanas.
Volviendo a Querétaro, el vocero panista Enrique Mireles denunció amenazas de muerte después de que lo mencionaran en la conferencia mañanera de la presidenta Sheinbaum como uno de los organizadores digitales de la marcha. Lo extraño es que no presentó ninguna denuncia. Un caso tan grave como una amenaza de muerte debería llevarse ante las autoridades, pero Mireles prefirió la ruta de la victimización mediática, apareciendo en cámaras y micrófonos para convertirse en protagonista de la narrativa local. La ausencia de una denuncia genera dudas razonables sobre la veracidad del episodio.
Todo esto nos lleva a una reflexión necesaria: si el PAN está tan orgulloso de sus gobiernos y de sus resultados, ¿por qué no convocan una marcha abiertamente panista? Una marcha con sus banderas, su militancia, sus simpatizantes y su ideología, bajo la cual escudan muchas de sus decisiones. ¿Por qué no mostrar el músculo político real en lugar de esconderse detrás de causas que no les pertenecen? ¿Por qué utilizar demandas genuinas de jóvenes precarizados como escudo partidista?
Las marchas deben respetarse y protegerse, siempre. Pero también debe reconocerse quién convoca, quién asiste y con qué propósito. Cuando los protagonistas terminan siendo los mismos rostros de siempre —los Arango, los Mireles, los resabios de la marea rosa— conviene preguntarse si la protesta sigue siendo ciudadana o si ha sido absorbida por quienes buscan conservar o recuperar el poder a cualquier costo.
Las demandas de la Generación Z son legítimas. Lo que las contamina no son los jóvenes, sino la urgencia de algunos actores políticos de colgarse de cualquier causa que pueda darles aire. Ojalá la clase política entendiera que acompañar no es apropiarse, y que apoyar no significa convertir una protesta en plataforma electoral. Porque cuando los mismos de siempre se vuelven protagonistas de lo que debería ser un movimiento juvenil, la marcha deja de ser un grito y se convierte en escenario.




