En política hay decisiones que definen más por lo que revelan que por lo que resuelven. El reciente veto del gobernador Mauricio Kuri a la llamada Ley de Identidad de Género no solo abrió un nuevo frente de confrontación política y social en Querétaro; también exhibió una forma de ejercer el poder profundamente contradictoria para quienes dicen defender las instituciones, la democracia y el respeto a la ley.
Porque vale la pena recordar algo elemental: el Congreso está integrado por representantes electos por los ciudadanos de Querétaro. Diputadas y diputados que llegaron ahí mediante el voto popular y que, nos gusten o no sus decisiones, representan la pluralidad política y social del estado. Esa es, en teoría, la esencia de una democracia representativa.
Por eso resulta inevitable cuestionar el mensaje político que envía un veto de esta naturaleza. No se trata solamente de un desacuerdo legislativo; se trata de un gobernador decidiendo echar atrás una determinación aprobada por representantes populares porque simplemente no coincide con ella ideológicamente. Y eso es peligroso cuando se disfraza de defensa institucional.
Y ahí surgen dos posibilidades igualmente inquietantes: o el gobernador mintió deliberadamente sobre el contenido y alcance de la ley, o simplemente no la leyó. Ninguna de las dos opciones deja bien parado al titular del Poder Ejecutivo.
Lo más llamativo fue la velocidad con la que aparecieron los repetidores oficiales. El senador Agustín Dorantes, el presidente municipal de Corregidora Josué Guerrero, el alcalde capitalino Felipe Macías y el dirigente estatal panista Martín Arango salieron prácticamente al unísono a repetir el mismo discurso, las mismas frases y hasta los mismos argumentos. Parecía menos una discusión política y más una lectura colectiva que una postura propia.
También revela algo del estado actual del PAN queretano: un partido donde cada vez parece haber menos espacio para el pensamiento individual y más para la disciplina discursiva. Todos alineados. Todos diciendo exactamente lo mismo. Todos cuidando no apartarse de la narrativa oficial.
Paradójicamente, son los mismos que suelen hablar de libertad, pluralidad y pensamiento crítico.
El problema para Acción Nacional es que este tipo de decisiones no ocurren en el vacío. Tienen consecuencias políticas y sociales. Porque mientras el partido insiste en abrazar posturas conservadoras cada vez más rígidas, hay sectores completos de la población que comienzan a sentirse no solo ignorados, sino directamente despreciados.
La comunidad LGBT recibe nuevamente el mensaje de que sus derechos pueden esperar o ser utilizados como moneda política. Las mujeres que han sido criminalizadas por abortar observan cómo el partido sigue evitando discutir de fondo sus derechos reproductivos. Los colectivos feministas llevan años encontrándose con murallas legislativas. Los jóvenes ven un partido incapaz de conectar con debates contemporáneos sobre identidad, derechos y libertades individuales.
No se han dado cuenta que una cosa es gobernar para un sector ideológico específico y otra muy distinta es gobernar para toda una sociedad diversa, compleja y cambiante.
Quizá el PAN todavía crea que este tipo de decisiones no tienen costo político en Querétaro. Tal vez piensan que el conservadurismo sigue siendo suficiente para sostener electoralmente al estado. Pero las sociedades cambian, las generaciones cambian y los agravios también se acumulan.
Y cuando los partidos comienzan a cerrar puertas en lugar de abrirlas, eventualmente terminan descubriendo algo incómodo: que los grupos a los que despreciaron también votan.






